Esta escultura de bronce presenta una forma simbólica en la que se integran volúmenes entrelazados en un gesto continuo y fluido. La composición alude de manera abstracta a la dualidad del Yin y el Yang, donde dos elementos curvos se complementan y contienen mutuamente en un equilibrio perfecto. La superficie pulida y la configuración cerrada transmiten una sensación de unidad, introspección y movimiento perpetuo.
El lenguaje formal de Espona se pone aquí al servicio de una visión filosófica: la integración de opuestos como parte de un todo armónico. La obra es tanto una metáfora visual como una reflexión escultórica sobre el equilibrio interno y universal.
Esta pieza se sitúa en el corpus de esculturas simbólicas del autor, donde el contenido espiritual o filosófico encuentra traducción plástica mediante el dominio del volumen y la curva. Su título remite no solo al símbolo oriental, sino también a la noción de ciclo e infinito, tan presentes en la obra madura de Espona.
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