Megalópolis es una obra de gran fuerza visual y simbólica. Cuerpos entrelazados, comprimidos por líneas geométricas que evocan estructuras arquitectónicas, se funden en una composición vertical que recuerda a un edificio colosal de múltiples viviendas. Cada figura, delineada por colores intensos y brillantes, encarna la presencia humana en los espacios urbanos masificados, donde la individualidad se disuelve en una convivencia densa y anónima.
El uso de la espátula aporta cuerpo y energía a la superficie pictórica, mientras que la fragmentación visual plantea una crítica al sistema social de las grandes ciudades, donde el hacinamiento y la alienación coexisten bajo una fachada de orden estético. La obra transforma el caos urbano en una construcción poética, revelando tanto su belleza como su crueldad.
Megalópolis no solo representa una imagen, sino una advertencia: en el corazón del desarrollo urbano laten simultáneamente la creatividad y el colapso humano.
Sobre esta pintura escribió Ana María Muñoz Miró, compañera del artista y responsable de preservar su legado artístico:
"Su colorido intenso, al tiempo que equilibrado para el logro idóneo de equidad en su distribución de belleza intensa al par que homogénea de derroche, logra que te ilumine de luces fantásticas la imaginación. Imaginemos un edificio de muchas viviendas y que se aprecia en las líneas separadoras, mostrando un montón de seres humanos envueltos en su forma de convivencia. Las megalópolis devoran a la humanidad."