En esta obra, el autor renuncia deliberadamente a plasmar identidades individuales, deshaciendo toda figura concreta en su textura. La composición se construye a partir de un ritmo de formas y colores que guían el subconsciente del espectador, multiplicando la imagen en una multitud de personajes apenas definidos, como manchas oníricas.
Estas figuras, aunque inconcretas, surgen con fuerza en la observación prolongada, permitiendo que el tema —una multitud bíblica— emerja con claridad dentro del caos aparente. Cada mirada puede ofrecer una interpretación distinta, determinada por el estado de ánimo y la imaginación del espectador.
En particular, destaca un personaje en tonos amarillos que representa a una figura visionaria, algo más definida que el resto, emergiendo como el poeta o guía dentro del colectivo.
El autor utiliza aquí los principios de la psicología del color, logrando transmitir no solo una sensación de multitud, sino también una atmósfera de alucinación compartida, un fenómeno visual que sobrepasa lo racional para instalarse en el terreno de lo subconsciente y simbólico.