Esta obra se inspira en la figura mítica de Astarté, antigua diosa de origen fenicio y mesopotámico, símbolo de la fertilidad, la naturaleza, el amor y los placeres carnales, así como más tarde, de la guerra. El artista retoma este mito ancestral y lo reinterpreta en clave contemporánea mediante un expresionismo contenido, donde lo simbólico y lo corporal se funden en un gesto dramático y ritual.
La figura femenina, poderosa y monumental, aparece arrodillada en una actitud de ofrenda o súplica, extendiendo el brazo hacia una luminosa luna o presencia celestial que domina el plano superior. El hijo, pequeño y vulnerable, está sostenido con firmeza en su espalda: es tanto una extensión de su ser como una ofrenda viva a la divinidad que representa.
El fondo azul eléctrico, casi cósmico, refuerza el aura mística de la escena, mientras que el cuerpo rojizo y desnudo de la mujer evoca sensualidad y entrega absoluta. A sus pies, una forma vegetal o animal estilizada puede interpretarse como símbolo de fertilidad o poder regenerador. Esta pintura no solo recupera el culto a lo femenino primigenio, sino que lo transforma en una visión arquetípica del sacrificio, el ciclo de la vida y el vínculo sagrado entre madre e hijo.