Inspirada en la concepción griega de la constelación Septem-Triones —nombre que da origen a la palabra "septentrión"— esta obra se presenta como un diálogo entre tradición astronómica y sensibilidad pictórica. Ubicada hacia el ocaso, sugiere el inicio del otoño y evoca la interpretación clásica del cielo como guía de los ciclos naturales.
La imaginación del artista se funde aquí con la tradición antigua, transformando la trayectoria estelar en un camino simbólico de hojas secas. El cromatismo de la obra —que transita desde los cálidos rojos y amarillos del verano hasta los fríos y profundos azules del invierno— refuerza esa transición temporal y emocional.
Espona reinterpreta la constelación desde una visión poética, descartando la representación científica del sistema séxtuple de Mizar y Alcor, y centrando su atención en la linealidad de las siete estrellas principales: Benetnash, Alioth, Phekda, Merak, Dubhe, Mizar y Alcor. Estas, representadas como bueyes celestiales en un carruaje cósmico (en alusión a la tradición romana), giran incansablemente en torno a la estrella polar, evocando una danza perpetua entre el mito y el cosmos.
La obra transmite una sensación de movimiento circular, de viaje sideral eterno, enmarcado en una atmósfera onírica poblada por nebulosas y transparencias. Una fusión entre conocimiento astronómico y lirismo visual que invita a contemplar el cielo con mirada de infancia y sabiduría ancestral.