Esta escultura representa un gallo de líneas ascendentes y estilizadas, reducido mediante un tratamiento geométrico a sus rasgos esenciales. Su estructura triangular y el gran vacío central generan una intensa dinámica vertical que sugiere firmeza, alerta y autoridad simbólica.
El modelado se basa en una síntesis formal en la que los elementos del animal se transforman en planos definidos. La relación entre masa y vacío aligera visualmente la figura sin restarle presencia ni estabilidad.
El gallo, símbolo tradicional de vigilancia y dignidad, adquiere en esta obra un carácter casi totémico. La elevación del cuerpo, la cabeza esquemática y el equilibrio entre las superficies exteriores y el hueco interior refuerzan su expresividad.
La pieza es representativa de la etapa de madurez de Vicente de Espona, en la que su lenguaje escultórico se depura y se aproxima a la abstracción sin perder la identificación figurativa ni su fuerza simbólica.